Bella, la triste historia en Potosí

El brillo de Doña Clara de Argain y Herrera en la Villa Imperial de Potosí (1638)

Bella, Tradiciones y Leyendas de Potosí.- En la majestuosa Villa Imperial de Potosí, en el año de 1638, resplandecía con una belleza, virtud y riqueza deslumbrantes Doña Clara de Argain y Herrera, la única hija de Don Francisco de Argain y Doña Magdalena de Herrera.

Clara, a sus dieciocho años, era el centro de atención de todos los jóvenes nobles y adinerados de la época, quienes dedicaban sus más dulces endechas, lamentos amorosos y suspiros tiernos en un intento por conquistar su corazón. Sin embargo, ella permanecía impasible como una roca, escuchándolos como quien oye el llanto lejano.

«Los pretendientes de Doña Clara de Argain y Herrera en la Villa Imperial de Potosí«

Entre sus pretendientes más persistentes se encontraban Alonso Díaz de Mendoza, hijo del rico comerciante de mercurio Jerónimo Díaz de Mendoza, y Fernando Salgado, un joven español cuyo pasado era un misterio reciente en la Villa.

Ambos caballeros intentaban cautivar a Clara con pequeños gestos de afecto, buscando cualquier señal que indicara que habían conmovido su corazón. Pero la noble impasibilidad de Clara rechazaba toda seducción, manteniendo su sensibilidad intacta.

Cansado y desesperado por la falta de avances, Alonso decidió compartir su tristeza con sus padres y les suplicó que intercedieran ante los padres de Clara para obtener su mano en matrimonio. Sus padres accedieron a su súplica y, en un día de celebración, se dirigieron solemnemente a la casa de Clara con la esperanza de unir a sus familias en dicha y armonía.

Al llegar, se encontraron con Fernando Salgado, quien ya había adelantado sus propios planes de matrimonio con Clara. Aunque llegaron tarde, expresaron con elegancia y elocuencia el deseo de unir a sus familias a través de esta unión, enfatizando la larga historia de relaciones entre ambas familias.

La decisión de Clara

El padre de Clara, con nobleza y cortesía, les respondió que la decisión no dependía de ellos, sino de Clara misma, a quien dejaban en libertad para aceptar o rechazar la propuesta. Prometió hablar con ella y darles una respuesta en tres días, esperando que fuera favorable a su hijo. Después de una conversación amigable, los visitantes se despidieron, ansiosos por la respuesta que ignoraban ser compartida por ambos pretendientes.

Tres días después, el padre de Clara envió un perfumado mensaje invitando a la familia de Alonso a discutir el asunto de sus hijos, anunciando que Clara había aceptado ser la esposa de Alonso. Con gran alegría, se realizaron los preparativos y, en menos de quince días, Alonso y Clara unieron sus vidas en matrimonio, bendecidos por el Cura con el sagrado lazo indisoluble.

El juramento de venganza de Fernando Salgado

Mientras tanto, Fernando Salgado, descorazonado y enojado, se sumió en la desesperación en una taberna la noche de la boda, jurando venganza contra Clara. Pocos días después, vendió sus propiedades y desapareció de la Villa, sin dejar rastro de su paradero.

La vida familiar de Alonso y Clara en la Villa Imperial de Potosí

Seis años pasaron, y Alonso y Clara vivían en perfecta armonía, como dos tórtolas en su nido. Durante este tiempo, habían dado la bienvenida a tres hijos, aunque lamentablemente dos de ellos habían partido de este mundo. Ahora solo quedaba la primogénita, una encantadora niña de cinco años llamada Luz, quien era el vivo retrato de su madre en belleza y ternura, convirtiéndose en el ídolo tanto de sus padres como de sus abuelos.

La felicidad de los esposos, como dos tórtolas en su nido, no conocía sombras de tristeza, ni penas enturbiaban la morada de su dicha. Sin embargo, como dice el refrán, nadie está exento de la desgracia. En el crudo invierno del año 1643, una epidemia azotó la región, y Alonso no pudo escapar de sus garras. Cayó enfermo y la dolencia lo postró durante muchos días. A medida que convalecía, los médicos recomendaron que diera paseos vespertinos para respirar aire fresco.

La desaparición de Alonso y Luz en las afueras de la Villa Imperial de Potosí

En uno de esos paseos, acompañado solo por su adorada Luz, Alonso se dejó llevar distraídamente por la hora. Al anochecer, se encontraron a unas cuatro cuadras de la Villa, cerca de la Cantería. Dada su debilidad, su paso no era tan ágil como solía serlo. La pequeña Luz, temblando de frío, tropezaba en las piedras en cada paso que daba.

Esa tarde, contra lo habitual, Alonso había salido solo con Luz, dejando a Clara en casa. Al notar la demora de su esposo e hija, Clara envió a sus sirvientes en todas direcciones para buscarlos, pero fue en vano. La noche se cernía sobre ellos, la oscuridad se hacía más densa, el frío se intensificaba y el avance de los caminantes apenas progresaba.

La pequeña Luz temblaba de miedo y frío, y su padre hacía todo lo posible por reconfortarla con cariños y halagos, evocando la imagen de su madre para calmarla. Finalmente, se detuvieron a descansar sobre una piedra, con Alonso abrazando a Luz para protegerla del intenso frío.

El trágico encuentro de Alonso y Luz con los encapuchados

Cuando se disponían a continuar su camino, cuatro figuras encapuchadas aparecieron a su alrededor. Luz, presa del pánico, gritó, mientras Alonso preguntaba qué sucedía. Una voz ronca desde una de las máscaras respondió: «¡Venganza!» y en un instante, los encapuchados se abalanzaron sobre Alonso, le quitaron a Luz y lo atacaron a puñaladas hasta dejarlo sin vida.

Luz, sumida en un llanto desgarrador, fue golpeada en el rostro por uno de los encapuchados, quien no soportaba sus lamentos y gritos de «papá, papá». Ante su persistencia, los atacantes tomaron uno de los puñales, se lo colocaron en la boca y lo ataron detrás de su cabeza. Luego, la tomaron en brazos y huyeron, mientras Luz, ahora desmayada, derramaba abundante sangre por la boca.

El dolor y la búsqueda de justicia tras el trágico suceso en la Villa Imperial de Potosí

Al amanecer de aquella noche horrorosa, los sirvientes de Clara llegaron a la casa de Alonso acompañados de una multitud, portando el cuerpo de Alonso cubierto de heridas de puñal. Clara, al recibir la terrible noticia, cayó desmayada, su corazón desgarrado al saber que su amada hija, la bella Luz, no estaba entre los cadáveres. ¿Qué dolor más profundo podría existir? La angustia la sumió en una enfermedad prolongada.

Los padres de Clara y de Alonso emprendieron una búsqueda desesperada para encontrar a los responsables de tan cruel crimen y para saber si Luz seguía con vida o había muerto. Sin embargo, todas sus pesquisas resultaron en vano, dejando un vacío de incertidumbre y dolor que persistió durante mucho tiempo.

La lucha de Clara por encontrar paz después de la tragedia

Clara, gracias a los cuidados amorosos de sus padres y familiares, logró sobrevivir a la muerte física. Sin embargo, su alma volvió a la vida solo para enfrentarse a una existencia marcada por un dolor que parecía no tener fin, alimentado por el constante recuerdo de los dos seres más amados de su corazón: su esposo y su hija.

A pesar de todo, un rayo de esperanza parecía brillar en su corazón en lo que respecta a su hija. Clara creía verla en cualquier momento; soñaba con abrazarla, acariciarla y adormecerla con sus dulces cantos. Después de todo, ¿qué madre no sueña, no delira y no se ilusiona con el regreso de sus hijos queridos?

«El encuentro con la niña desafortunada

Era una tarde gélida del invierno de 1648, tan cruda como las que caracterizaban aquellos feroces inviernos de antaño. Una multitud se aglomeraba con gran alboroto para contemplar a una niña de unos diez a doce años, temblando de frío en la acera de la calle el Rastro.

Nunca se había visto a una criatura más desafortunada que esta niña, cuya misma fealdad atraía la atención de quienes la rodeaban. Su espalda encorvada, envuelta en harapos; su mano derecha faltante; su pie izquierdo torcido; su rostro cubierto de cicatrices, algunas casi tapando sus ojos como si fueran larvas; sus fosas nasales parecían nidos de gusanos; su boca, casi tan amplia como la del «Hombre que ríe» de Víctor Hugo; y como si fuera poco, también padecía de demencia. ¡Qué destino tan desdichado el suyo!

La triste realidad de la ‘mendiga Bella’

Sin embargo, en lugar de despertar compasión como seres humanos, su desgracia se convirtió en entretenimiento para algunos, quienes la veían como un pasatiempo inocente. Otros se burlaban de ella, pero para todos era una forma de diversión que culminaba con algunos centavos arrojados a su bolsa de mendiga, dejando a los espectadores satisfechos.

Cada vez que la «mendiga Bella» aparecía en la calle, la gente se agolpaba a su alrededor, como sucedió esa tarde a la que nos referimos. Nadie conocía su origen ni sus padres. Apareció un año antes sin que nadie supiera de dónde venía ni quién la trajo. Como ella misma desconocía su nombre, el pueblo decidió llamarla «Bella» por iniciativa propia.

El solitario camino de Bella por las calles de la Villa Imperial de Potosí

La tarde se oscureció y la multitud que rodeaba a Bella se dispersó gradualmente, dejándola completamente sola. El frío se intensificaba cada vez más. Bella se levantó del lugar donde estaba acurrucada, lanzando tímidas miradas a su alrededor, y comenzó a caminar lentamente en dirección a la calle de Santo Domingo. Sus piernas temblaban, sus articulaciones crujían y se detenía a cada momento, pero luego continuaba su marcha con respiración agitada. Las calles estaban silenciosas y oscuras; aún no era la hora de las peleas y disputas sangrientas entre criollos, estremeños y vascongados.

La brutalidad y el sufrimiento de Bella

Después de dos horas de penoso caminar, la desdichada Bella llegó a la calle San Pedro, arrastrándose como un ser deformado y fantasmagórico. Desde allí, se encaminó hacia la mugrienta puerta de una tienda ubicada en un callejón oscuro y apartado. Al llamar, la puerta se abrió instantáneamente, revelando la figura de una mujer que, con brusquedad, empujó a Bella hacia el interior de la tienda, gruñendo con voz embriagada.

Gimiendo débilmente, Bella se levantó y, en un intento por calmar a la mujer, le entregó su bolsa llena de centavos que había recolectado durante el día a cambio de la diversión que ofrecía a los habitantes adinerados de la Villa Imperial. La mujer contó y recontó el dinero, luego interrogó a Bella, quien, tímida y temblorosa, no se atrevía a levantar la cabeza.

«¿Es todo esto?» preguntó la mujer en su idioma quechua.

«Sí,» respondió Bella con voz que parecía un triste lamento.

«¡Todo esto! Maldita ladrona, deforme, hija del infierno; ¡me has robado! ¡Esto es una miseria, ¿dónde está lo demás? Dime la verdad, o no recibirás cena,» exclamó la mujer indignada. «¡La maldita ladrona, robándome! ¡Y aquí estoy, trabajando duro para alimentar a una ingrata!…» Al no obtener respuesta de la niña, la mujer la arrojó al suelo y le propinó una golpiza tan brutal que habría terminado con su vida si no fuera por la intervención de un mendigo que había estado envuelto en harapos cerca de allí.

«Basta, Inaca,» dijo el hombre, separando a la mujer de la niña. «No maltrates a la chica; hoy ha trabajado mejor que otros días y mañana redoblará sus esfuerzos, ¿entiendes?»

«Por ti, querido Martinchu, no mataré a esa monstruosidad, pero tampoco le daré de comer,» respondió la mujer, soltando a Bella, quien cayó al suelo ensangrentada y casi sin vida.

Esta trágica escena apenas comienza a ilustrar la vida de sufrimiento y desgracia de la desafortunada Bella. Más adelante conoceremos más acerca de sus mayores adversidades y tormentos.

La compasión de Clara hacia Bella en medio de su propio sufrimiento

Mientras tanto, Clara continuaba su vida de penas, una existencia verdaderamente martirizada. Mantener presente la imagen de los seres queridos y no poder hablar con ellos, verlos en los momentos de delirio pasar cerca de nosotros, rozar nuestro vestido y no poder abrazarlos, imaginar que están a nuestro lado y luego enfrentar el vacío al girarnos, hablarles y solo recibir el eco de nuestra propia voz ¡Oh! eso debe ser terrible, y ese sufrimiento lo padecía la hermosa Clara.

Una tarde, mientras se apoyaba en la ventana, inmersa en estos tumultuosos y tristes pensamientos, escuchó ruidos en la calle y vio a la multitud rodeando a una niña inválida que era nuestra conocida Bella. La deformidad de esta criatura captó su atención y su alma sensible se compadeció de ella, sintiendo una compasión que se asemejaba al amor maternal. La aparición de Bella la preocupó mucho, pero finalmente se dijo a sí misma: «No es posible, mi Luz no tenía ningún defecto; mi corazón me engaña.»

Clara llamó a uno de sus criados, lo envió tras Bella y le entregó una bolsa llena de monedas de oro, que como es fácil de suponer, terminó en manos de la mujer conocida como Inaca. Desde ese día, Clara comenzó a enviar a Bella una generosa limosna como muestra de su compasión y solidaridad.

La vida de esta desafortunada niña mendiga, en lugar de mejorar, empeoraba cada día más. Se enfermó debido a los crueles maltratos que le infligía la perversa mujer llamada Inaca.

El breve destello de memoria de Bella

La vida de esta desafortunada niña mendiga, en lugar de mejorar, empeoraba cada día más debido a los crueles maltratos de la perversa mujer llamada Inaca. Un día, mientras Inaca la dejaba sola en ese lugar desagradable donde la vimos por primera vez, Bella se arrastró afuera para tomar un poco de sol. En ese momento, una vecina compasiva, quizás la única en todo el barrio que se preocupaba por ella, se acercó aprovechando la ausencia de Inaca y los momentos de lucidez de Bella. Hablándole en dulce quechua, le preguntó:

— Dime, Bella, ¿la Inaca y el Martinchu son tus padres?

— ¿Padres? ¿Qué son padres? —respondió la niña sorprendida.

— Padres, querida, son aquellos que nos dan la vida y nos crían, a quienes llamamos papá y mamá cuando somos pequeños…

— ¡Ah! … ¡Espera! —dijo Bella con vacilación, como si recordara—. Yo solía llamar mamá a una señora muy linda y buena que me acariciaba y quería mucho; pero no recuerdo dónde, era cuando era pequeña y no tenía mis manos y pies maltratados… Vivíamos en una casa hermosa, como las que hay en esas calles… oh, no recuerdo bien.

— ¿Y papá? ¿No recuerdas a papá? —preguntó la mujer.

— Papá… papá… sí, también solía llamar así a un hombre alto que me tomaba de la mano… sí, una noche en un campo me abrazaba… ¡Ah! papá, papá —gritó Bella en castellano, interrumpiéndose abruptamente—. Abrazadme, esos hombres… sus puñales… y quedó sin sentido.

La mujer compasiva tomó un jarro de agua, roció el rostro de Bella y la llevó a su cama, permaneciendo a su lado hasta que mostró signos de vida. Al acercarse la hora en que regresaría Inaca, la vecina se retiró. Poco después, Inaca entraba en la cueva donde Bella vivía.

«El reencuentro esperado: ¿Es Bella la hija perdida de Clara?»

A las seis de la tarde de ese mismo día, Clara estaba absorta en sus dolorosos pensamientos, cerca de una ventana en su habitación. Una criada le anunció que una mujer mal vestida deseaba hablarle de un asunto secreto e importante. Clara accedió y poco después estaba frente a ella la misma mujer que horas antes había estado con Bella, interrogándola sobre sus padres en quechua.

La conversación entre la mujer y Clara transcurrió así:

— Señora, hace años que tu esposo fue asesinado y tu hija desapareció. ¿Te gustaría encontrarla ahora, así como a los asesinos de tu marido? —dijo la buena mujer en su idioma.

— ¿Qué dices? —preguntó Clara, con una emoción indefinible.

— Si no me equivoco, tu hija está viva y está en manos de unos malvados que la han maltratado cruelmente, hasta desfigurarla. Quizás no la reconozcas.

— ¿Dónde está? —preguntó Clara con ansiedad.

La mujer procedió a contarle la escena que había tenido con Bella y los sufrimientos que había padecido.

— ¿Cómo sabrás que es tu hija? —preguntó la mujer al terminar.

— Tú me has asegurado que es ella —respondió Clara.

— No te lo aseguro, solo creo que pueda ser ella.

— Mi hija tenía una mancha azul en el brazo izquierdo, que sus verdugos no pudieron hacer desaparecer. ¡Vamos a ver!

Con sigilo y acompañada de criados y agentes de policía, Clara se dirigió a la tienda donde Bella agonizaba, presa de una horrible fiebre.

Al llegar al lugar, escucharon a Inaca, más ebria de lo normal, maltratando a la enferma.

— ¡Miren a la enferma! ¡La floja se hace la enferma! ¡Levántate, sapo podrido! —gritaba Inaca.

Clara, seguida por su grupo, irrumpió en la habitación. Inaca y Martinchu se quedaron mudos de espanto al ver a los policías.

Clara se acercó a la cama de Bella, quitó el sucio jergón que la cubría, examinó su brazo y exhaló un grito de dolor.

El dolor y el reencuentro perdido: la trágica historia de Clara y Bella

Clara, al reconocer la mancha azul en el brazo de Bella y guiada por su instinto maternal, se convenció de que aquella masa deforme de carne humana era su hija, su adorada Luz, antes hermosa como su nombre y ahora irreconocible para todos excepto para su madre.

Los policías arrestaron a Inaca y Martinchu, mientras Clara hizo llevar a su hija agonizante a su hogar. A pesar de todos los esfuerzos de Clara por salvar a su hija, la muerte se llevó a Bella; su agonía llegó a su fin alrededor de las dos de la madrugada, momento en que el médico declaró que su misión había terminado.

En sus últimos momentos de agonía, Bella gritó «¡papá, papá!… ¡esos hombres me dan miedo!… mamá, mamá» y luego expiró.

Es difícil expresar con palabras el dolor de una madre afligida. Mi pluma se siente impotente ante tales dolores, que se sienten pero no se pueden describir completamente. El lamento de una madre contiene todo un poema de amor y dolor, de felicidad y desgracia, que solo se puede comprender pero nunca definir por completo.

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Los padres de Clara y Alonso solicitaron el juicio de Inaca y Martinchu

En el año 1643, una noche, un caballero disfrazado se presentó en la casa de Inaca y Martinchu en Cantumarca. Les ofreció una bolsa llena de oro con la condición de que Martinchu, junto con otros tres individuos, asesinaran a un hombre cuya identidad les sería revelada en el momento oportuno. Martinchu aceptó la oferta y recibió el dinero.

En otra ocasión, al caer la noche, el mismo caballero disfrazado regresó llevando otro disfraz y anunció que era el momento de que Martinchu cumpliera su compromiso. Martinchu se vistió con el disfraz proporcionado y salió con el caballero.

Ambos se dirigieron a la Cantería, donde se encontraron con otros dos individuos disfrazados. Uno de ellos sacó cuatro puñales y los distribuyeron entre ellos. Luego, se escondieron en silencio detrás de unas piedras. Más tarde, escucharon un ruido; era un hombre que venía del lado norte llevando consigo a una niña pequeña. Al verlos, el caballero disfrazado rugió: ¡Él es! y se escondió nuevamente. El hombre que se acercaba se sentó cerca de los disfrazados y tomó a la niña en brazos. En ese momento, los individuos disfrazados se levantaron silenciosamente y, siguiendo las indicaciones del caballero, lo asesinaron tal como se ha relatado anteriormente.

El oscuro destino de Luz

El caballero que dio latigazos a Luz, también le colocó la espada en la boca, mientras que Martinchu la condujo en brazos. Después de huir una cierta distancia, los otros dos individuos disfrazados se separaron del caballero y tomaron caminos diferentes. El caballero, la niña (Luz) y Martinchu se dirigieron hacia Cantumarca, la casa de Inaca o Ignacia. Allí, el caballero les entregó una gran cantidad de oro y les ordenó que abandonaran el lugar y se trasladaran a una estancia de indios para criar a la niña, luego se despidió.

Posteriormente, aproximadamente una hora después, Martinchu, Inaca y Luz, que temblaban de frío, caminaron por cerros desconocidos hacia el sur. Al caer la tarde del día siguiente, después de haber caminado bastante, llegaron a una ranchería de indígenas en el fondo de un valle, donde decidieron instalarse.

El oscuro y trágico destino de Bella: tormento y martirio en manos de Inaca y Martinchu

Los gemidos y el llanto de Bella no cesaban; llamaba a sus padres, pero no obtenía respuesta. Resolvieron, pocos días después, martirizarla y extinguir su alma con tormento.

Después de tomar esta decisión, el primer gemido de la niña fue recibido con un fuerte garrotazo que Inaca le aplicó en la espalda, y desde entonces los golpes no cesaron. En una noche, Martinchu, ebrio, escuchó a Luz llorar e inmediatamente le arrojó con furia su bota al rostro, fracturándole los huesos de la nariz.

Para empeorar su tormento, Bella enfermó de una asquerosa viruela que la dejó llena de cicatrices, con uno de los brazos y una pierna encogidos debido al descuido en su tratamiento.

Aunque Bella se recuperó, no completamente, pues quedó demente e inválida. Así pasaron cuatro años, y al verse faltos de recursos, decidieron regresar a esta Villa, confiando en que Luz no sería reconocida ni por su propia madre.

El resto de la historia está relacionado. Basándose en las declaraciones de varios testigos del rancho donde habían huido, el tribunal juzgador condenó a Inaca y Martinchu a la pena de muerte, que sufrieron en la horca en la esquina que hasta hoy conserva ese nombre.

Clara, poco tiempo después, se reunió con su esposo y su hija, pero su partida dejó un triste recuerdo en la memoria de quienes la conocieron.

Potosí, mayo de 1895.

El título ‘Bella, la triste historia en Potosí’ fue adaptado para BoliviaTeca.com a partir de un relato encontrado en el libro: Traciciones y Leyendas de Potosí (Delio Alcaraz M) – Bella del autor: Pedro B. Calderón, con ajustes realizados para mejorar su visibilidad en los resultados de búsqueda de Internet.