LOS SOLDADOS DE PAPEL QUE MURIERON DE SED

Hay una película boliviana que intenta contar cómo 619 hombres pelearon contra 12.000. Que intenta explicar por qué seguimos mandando poetas a las guerras. Esta es la historia de «Boquerón», un film que tardó más en rodarse que lo que duró la batalla que retrata.
LA BATALLA DETRÁS DE LAS CÁMARAS: TRES AÑOS PARA CONTAR UNA TRAGEDIA
Lo primero que hay que entender es esto: hacer cine en Bolivia es otra guerra. Tonchy Antezana lo sabía cuando empezó en 2012. Presupuesto limitado, apoyo logístico escaso, recursos técnicos precarios. Tres años duró esta batalla particular—hasta 2015—para contar otra batalla, la de Boquerón, que había durado veinte días.
Me pregunto: ¿qué lleva a alguien a emprender semejante locura?
CUATRO VIDAS, UNA MISMA HISTORIA

La película no es la típica épica bélica. Es otra cosa. Son cuatro historias de jóvenes bolivianos que representan—como en un mal sueño—las regiones del país: La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Sucre.
Tomás (Elmer Mamani) es el campesino del Titicaca, «poco más que un esclavo», como dice la voz en off. Luis Alberto (Sergio Grajeda) es el huérfano de clase media. Darío (Alejandro Loayza) es el poeta burgués que falsifica su certificado para ir a morir.
¿Por qué un poeta iría a la guerra? «¿Qué mejor lugar para un poeta?», dice un personaje. La frase duele. Duele porque es cierta y es falsa al mismo tiempo.
LA SED COMO PERSONAJE PRINCIPAL
En Boquerón, el verdadero enemigo no era paraguayo. Era la sed. La película lo entiende perfectamente. Hay escenas donde casi puedes sentir la lengua pegada al paladar, donde el espectador—incómodo en su butaca—se siente culpable por tener un vaso de agua a mano.
619 bolivianos contra 12.000 paraguayos. Los números importan. Importan porque convierten la batalla en suicidio. En «una locura».
DIÁLOGOS EN LA TRINCHERA: CUANDO HABLAR ES LO ÚNICO QUE QUEDA

Esto no es «Salvando al Soldado Ryan». No hay escenas de acción interminables. Hay diálogos—largos, necesarios, a veces tediosos—en las trincheras. Soldados compartiendo cigarros, coca, miedos.
Un crítico podría decir que se hace lento. Yo digo que es honesto. En la guerra real, entre bala y bala, hay horas de aburrimiento, de conversaciones triviales que son todo menos triviales.
EL HUMOR NEGRO COMO SUPERVIVENCIA
Sí, hay humor. Macabro, pero humor al fin. La prostituta culta—»solo tengo música clásica»—que hace de hada madrina de estos soldados-niños. El soldado que se orina ante una mujer porque «solo es un niño», como dice la voz en off.
La guerra del Chaco fue peleada por niños con bigotes postizos. Eso es lo que cuenta esta película.
LA MÚSICA: LA VERDADERA EMPERATRIZ
Si hay un personaje que sale ileso de esta producción, es la banda sonora. Coros en guaraní durante la despedida del tren, violines que lloran la muerte del poeta, un reloj—como en Benjamin Button—que debería ir hacia atrás para evitar tantas muertes.
La música aquí no es acompañamiento. Es memoria.
EL ACTOR QUE SOBREVIVIÓ AL MONTAJE
Carlos Gutiérrez Andrade—el actor chuquisaqueño—me contó su historia. Consiguió un papel, se preparó, bajó de peso. Luego su escena se redujo a segundos. Le dieron un segundo papel: un herido que enloquece en una sala improvisada.
Su abuelo, Néstor Andrade de Llano, fue excombatiente del Chaco. Actuar—aunque fuera por segundos—era un acto de memoria familiar.
LA PREGUNTA INCÓMODA: ¿VALIÓ LA PENA?

¿Funciona Boquerón como película? Hay tomas más fotográficas que cinematográficas, diálogos quizás demasiado extensos, actuaciones femeninas que caen en el cliché del llanto fácil.
Pero esas críticas—válidas—pierden fuerza ante lo esencial: alguien intentó contar esta historia. Alguien creyó que valía la pena pasar tres años en el infierno del Chaco para filmar cómo otros pasaron veinte días muriendo de sed.
Al final, sales del cine con sed. Sed de justicia, sed de memoria, sed de que nunca más un poeta tenga que morir en una guerra estúpida.
Ese, quizás, sea el verdadero triunfo de esta película imperfecta, necesaria, obstinada: que te deja con la garganta seca.
