Gunnar Mendoza Loza

Gunnar Mendoza y sus hijos Lucia y Gunnar
Gunnar Mendoza y sus hijos Lucia y Gunnar

Gunnar Mendoza Loza no fue un hombre común. Fue, más bien, un custodio silencioso de la historia, un artesano minucioso de la memoria boliviana. Archivista, historiador, bibliógrafo, su vida fue un acto de entrega absoluta a la preservación de nuestro pasado. Como bien reza aquel adagio que él mismo solía citar: «El que no vive para servir, no sirve para vivir». Y Gunnar Mendoza vivió, precisamente, para servir a Bolivia desde el archivo, la biblioteca y la palabra escrita.

Hoy nos convoca a recordarle con especial devoción, pues se cumplen tres décadas de su partida (5 de marzo), ocho décadas desde que asumió la dirección del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (3 de abril), y ciento diez años de su natalicio en Uncía, Potosí (3 de septiembre). Tres fechas que dibujan la silueta de un hombre cuyo legado sigue vivo en cada documento que ordenó, en cada libro que rescató, en cada línea que escribió.

Gunnar Mendoza, el Aprendiz de Historiador

Gunnar Mendoza en la puerta de la ABNB
Gunnar Mendoza (en el centro del grupo) en la puerta de la ABNB

Hijo del notable escritor y médico Jaime Mendoza, Gunnar creció entre papeles y letras. Su padre, su primer maestro, le inculcó desde niño el rigor investigativo. A los nueve años, Jaime le dedicó un ensayo con palabras que, sin saberlo, marcarían su destino: «La Universidad de Charcas y la idea revolucionaria«. Aquella dedicatoria no fue un simple gesto paternal, sino una misión que Gunnar asumiría como propia. Años más tarde, le devolvería el homenaje con una monumental Bio-bibliografía de Jaime Mendoza, obra que resume la devoción filial y el rigor del investigador.

Su formación académica fue tan metódica como su carácter. Estudió en el colegio Sagrado Corazón de Sucre, donde destacó no solo por su inteligencia, sino por esa disciplina inquebrantable que lo acompañaría toda la vida. Más tarde, en la Universidad San Francisco Xavier, se sumergió en el Derecho, pero su verdadera pasión ya estaba escrita: los archivos, los documentos, las huellas del pasado.

El Arquitecto del Archivo

En 1944, con apenas 30 años, Gunnar Mendoza tomó las riendas del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (ABNB). Allí, entre estantes polvorientos y manuscritos olvidados, comenzó una labor titánica: organizar, clasificar, preservar. Durante cincuenta años, ese edificio en Sucre fue su cuartel, su taller, su hogar. Bajo su dirección, el ABNB dejó de ser un depósito de papeles viejos para convertirse en un faro de la investigación histórica.

Pero su trabajo no se limitó a la administración. Mendoza fue, ante todo, un divulgador. Editó obras fundamentales como el Diario de un comandante de la independencia americana de José Santos Vargas, la Relación general de la Villa Imperial de Potosí de Luis Capoche (en coautoría con Lewis Hanke), o la monumental Historia de la Villa Imperial de Potosí de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela. Cada una de estas publicaciones fue un rescate, un acto de justicia con la memoria boliviana.

Gunnar Mendoza, El Maestro Sin Cátedra

Gunnar Mendoza Loza
Gunnar Mendoza Loza

Gunnar Mendoza no necesitó un aula para enseñar. Sus discípulos fueron todos aquellos que, alguna vez, buscaron entre los documentos que él custodió. A los jóvenes investigadores les decía: «Son y serán hasta el final sus maestros, no a pesar de su juventud, sino por su juventud. Ellos ni se dan cuenta de esto… Le dan lecciones de vida, y la vida vale más que la historiografía».

Esa humildad, esa convicción de que el verdadero saber se construye en silencio, lo convirtió en un referente no solo en Bolivia, sino en toda América Latina. Su influencia trascendió fronteras, y su nombre se inscribió entre los grandes archivistas del siglo XX.

El Reconocimiento y la Despedida

Gunnar Mendoza en el trabajo que tanto amo
Gunnar Mendoza en el trabajo que tanto amo

Las distinciones llegaron, aunque él nunca las buscó. Doctorados honoris causa, condecoraciones, premios nacionales e internacionales… Pero Gunnar Mendoza no trabajaba por los laureles. En 1989, al recibir el Premio Nacional de Cultura, dijo con esa modestia que lo caracterizaba: «Estas distinciones son ante todo un estímulo para seguir trabajando en una tarea que no está ni mucho menos terminada… En realidad, para nosotros esta tarea exige ‘morir al pie del cañón’».

Y así fue. Hasta el último día, estuvo allí, entre sus archivos, cumpliendo su deber. Cuando partió, en 1994, Bolivia perdió a uno de sus intelectuales más rigurosos, pero su legado sigue intacto. Hoy, cuando un estudiante consulta un documento en el ABNB, cuando un historiador cita una de sus ediciones, cuando alguien pronuncia su nombre con respeto, Gunnar Mendoza sigue vivo.

Porque los hombres como él no mueren del todo. Se quedan, en cambio, custodiando la memoria, desde algún rincón silencioso de la historia.

Gunnar Mendoza Loza
Gunnar Mendoza Loza